Movilidad para pocos, consecuencias para muchos

 

Horas de vida en el transporte público

Gabriela Aranda inicia su día a las 5:30 de la mañana para emprender un largo viaje al trabajo. Recorre casi dos horas desde Santa Martha Acatitla, en Iztapalapa, hasta Perisur, en Tlalpan, combinando un microbús, el Metro y el Metrobús. Como ella, millones de capitalinos pierden en promedio de dos a cuatro horas diarias en trayectos de transporte público para llegar a sus destinos. “Mi vida se me va en puro transporte”, resume con frustración Esperanza Hernández, trabajadora del hogar expulsada de la zona céntrica por el alza de rentas. Ahora vive en la periferia y sus traslados superan las seis horas al día, una odisea cotidiana que comparte con incontables habitantes de Ecatepec, Neza, Texcoco, Ixtapaluca y otras localidades del Valle de México.

Este tiempo perdido no solo desgasta a las personas, sino que representa un enorme costo colectivo. La noción técnica del Valor del Tiempo (Value of Time, VOT) busca cuantificar monetariamente esas horas que se esfuman entre transbordos y embotellamientos. En términos simples, el VOT refleja cuánto estaría dispuesto a pagar un usuario por ahorrar un minuto de viaje, o bien cuánto “vale” ese minuto para la sociedad. Cada persona tiene una disposición distinta a pagar por ahorrar tiempo, según sus ingresos, su necesidad y las características de su viaje. De acuerdo con estudios relacionados, el valor subjetivo del tiempo en las autopistas de cuota subraya que este valor no es fijo: “es lógico esperar que [el VOT] sea mayor cuanto más desagradables sean las condiciones de viaje, y mayor para individuos más ocupados (por ejemplo, si viajan por trabajo)”. En otras palabras, mientras más insufrible y apretado es el trayecto, más “caro” se vuelve cada minuto perdido en la percepción del usuario.

La sociedad paga el precio del retraso

Hablar de que la sociedad “pierde dinero” por un transporte lento e impredecible no es una metáfora, sino el resultado de sumar millones de horas improductivas. Un ejemplo ilustrativo proviene de Monterrey: allí se estimó que un solo minuto adicional en los traslados cotidianos (considerando 11.3 millones de viajes diarios en la metrópoli regiomontana) implica un costo económico de 5,000 millones de pesos al año. ¿La razón? Ese minuto extra, multiplicado por todos los viajeros, equivale a tiempo que podría haberse destinado a actividades productivas, familiares o de ocio. En la Ciudad de México la magnitud del problema es aún mayor: el Instituto Mexicano para la Competitividad calculó que la congestión vial en el Valle de México genera un costo anual cercano a 47 mil millones de pesos en tiempo perdido, el más alto del país. Son pérdidas colosales en términos de productividad, calidad de vida y desarrollo económico.

El Valor del Tiempo es un componente clave para estimar esos costos sociales de la demora. En la planificación de transporte, suele incorporarse a la “función de costo generalizado” de un viaje, convirtiendo minutos en pesos para evaluar distintas alternativas. De este modo, un proyecto que reduzca los tiempos de traslado puede justificar grandes inversiones, al ahorrar miles de horas-persona que de otro modo se desperdiciarían. Por el contrario, la falta de infraestructura y la congestión actúan como una sangría invisible: cada embotellamiento, cada espera prolongada de un camión, le arrebata valor a la economía y al bienestar colectivo. Como explicó José R. Galán, especialista en movilidad, “una hora de viaje en Monterrey cuesta alrededor de 80 pesos –poco más de un peso por minuto–. Al multiplicar ese valor por millones de viajes diarios, un minuto extra nos cuesta a todos unos 5 mil millones de pesos al año”. Así se entiende por qué el transporte público deficiente empobrece a la sociedad en su conjunto, aun cuando este costo no aparezca en ninguna factura. Desde luego esto tiene sus matices. Anteriormente, la justificación para grandes inversiones en proyectos de movilidad infraestructura vehicular reposaban su viabilidad en ello. No obstante, como ya lo he apuntado antes, si solo el 23% de los viajes se hacen en auto, ¿Es realmente un beneficio colectivo?

Cortesía: Sopitas

Migración modal: del metro atestado a la moto y el auto

Microbuses deteriorados en una terminal de la Ciudad de México. En casi tres cuartas partes de los viajes en transporte público de la metrópoli se utiliza este tipo de vehículos concesionados, caracterizados por su baja calidad, contaminación e inseguridad.
El desgaste diario de viajar en un sistema precario está empujando a muchos usuarios a cambiar de modo de transporte. La saturación crónica del Metro y los microbuses concesionados (viejos, incómodos y a veces peligrosos) han detonado una fuga de pasajeros hacia alternativas privadas. Actualmente circulan en la capital más de 820 mil motocicletas, una cifra que crece año con año, especialmente tras la pandemia. Lo mismo ocurre con los automóviles particulares, cuyo parque vehicular sigue en aumento. Uno de los principales motores de este fenómeno es la percepción de que el transporte público es insuficiente o deficiente, con problemas constantes de saturación, retrasos y falta de cobertura en ciertas zonas periféricas. Ante la disyuntiva de llegar tarde o incómodos, miles de personas optan por subirse a una moto o a un coche, buscando recuperar el control sobre sus tiempos.

Especialistas señalan que el atractivo de la moto va más allá de la velocidad para sortear el tráfico: influye su bajo costo operativo y, en años recientes, la facilidad para adquirirlas. La oferta agresiva de financieras y tiendas departamentales permite comprar motocicletas con mínimos enganches y pagos a plazos accesibles, abriendo la puerta a muchos primerizos. En países de la región se ha visto que las facilidades de financiamiento dinamizan el mercado de las motos al hacerlas alcanzables para quienes antes no podían comprarlas. México no es la excepción: anuncios de “¡Estrena tu moto hoy, sin intereses!” aparecen hasta en el transporte público, tentando a los usuarios cansados de los transbordos eternos. De igual modo, el crédito para automóviles se ha popularizado, alimentando un sueño de movilidad propia.

Sin embargo, este cambio de hábitos tiene un reverso preocupante. Al aumentar el uso de vehículos particulares, crece la congestión y empeora la calidad del aire, en una suerte de círculo vicioso. Además, más motos y coches en circulación implican mayores riesgos viales: las muertes por accidentes de motocicleta se han disparado en la última década, y la seguridad vial emerge como una nueva crisis. Autoridades advierten que un ecosistema dominado por la movilidad individual es insostenible; por ello, el desafío central es recuperar la confianza de la gente en el transporte público.

La raíz del problema: servicio precario y factores estructurales

¿Por qué tantos capitalinos sienten que el transporte público no cumple con sus necesidades? Las causas son estructurales y abarcan desde la calidad del servicio hasta elementos urbanos y sociales. Expertos en movilidad, como el ingeniero Víctor Islas, han insistido en que un sistema eficiente debe satisfacer ciertos atributos clave: frecuencia adecuada de las unidades, confiabilidad en los horarios, comodidad durante el viaje, accesibilidad en la red y seguridad para el usuario. Lamentablemente, la realidad cotidiana de la CDMX dista de ese ideal. Una razón frecuente por la que los usuarios abandonan el transporte público es la falta de confiabilidad: cuando el servicio falla en llevarlos a tiempo a su destino o incumple con las conexiones programadas, las personas simplemente dejan de confiar. Cada interrupción del Metro, cada espera de 40 minutos bajo la lluvia por un autobús que no llega, erosiona la credibilidad del sistema. Y no podemos ignorar la seguridad: la sucesión de siniestros y percances (desde choques de metrobús hasta incendios o choques en el Metro) han dado publicidad adversa al sistema, ahuyentando a muchos pasajeros por miedo a un próximo incidente. En paralelo, la inseguridad por delincuencia también muerde: los constantes asaltos a bordo de “combis” y microbuses en ciertas rutas del Estado de México siembran terror entre la población usuaria. Un modo de transporte catalogado como peligroso difícilmente retendrá a quienes tienen opción de algo distinto.

La comodidad es otro punto flaco. Viajar de pie, aplastado en hora pico, o bajo calor sofocante en un vagón sin ventilación, convierte el trayecto en una pequeña tortura. Pero la comodidad va más allá de conseguir asiento: incluye el diseño de rutas y estaciones pensado para minimizar esfuerzos y molestias al usuario. Hoy, muchos traslados en la ZMVM requieren una odisea intermodal: por ejemplo, hay vecinos de Iztapalapa que diariamente toman un bicitaxi, luego un microbús, después el Cablebús, transbordan al Metrobús y finalmente al Metro para llegar a su destino. Cada transbordo es tiempo y energía extra, a menudo en entornos hostiles (bajos puentes convertidos en terminales improvisadas, banquetas invadidas por ambulantes, estaciones oscuras o atestadas donde el clima social es tenso). Si a eso sumamos caminatas largas por seguridad (dar rodeos para evitar zonas inseguras), es claro que el sistema le pide demasiado al usuario. Un transporte verdaderamente integrado y amable debería facilitar esos recorridos, no convertirlos en un viacrucis. Como señalan los estudios, tres de cada cuatro viajes en transporte público de la capital se hacen en microbuses o vans colectivas que operan con estándares muy bajos: vehículos viejos sin ventilación, manejados con temeridad y sin respeto a paradas fijas, donde el pasajero está expuesto tanto a frenazos bruscos como a la delincuencia. Estos déficits de calidad explican en gran medida el rechazo creciente al transporte público por considerarlo “lento y peligroso”, sobre todo entre quienes pueden costear alguna alternativa.

Hay también factores socioeconómicos. La presión inmobiliaria en las áreas céntricas de la metrópoli ha encarecido la vivienda y expulsado a miles de familias trabajadoras hacia la periferia. Colonias populares cercanas al empleo se han gentrificado o derribado, empujando a sus habitantes a buscar renta en municipios lejanos. Este desplazamiento urbano (en que una persona es forzada a alejarse 30, 40 o 50 kilómetros de su fuente de ingreso) se traduce directamente en trayectos más largos y costosos. Por ejemplo, residentes de Texcoco gastan más de 112 pesos diarios en transporte para trabajar en la Ciudad de México, invirtiendo de cinco a seis horas en el viaje redondo. En Ixtapaluca, un pasaje ida y vuelta ronda los 190 pesos, y las personas igualmente pierden hasta seis horas diarias solo en llegar y volver. Son gastos y tiempos que restan al salario y a la vida personal, fenómenos de inequidad que se profundizan porque justamente en esas zonas periféricas viven las poblaciones de menores ingresos. En contraste, quienes residen en las alcaldías céntricas con mayor oferta de empleos pueden permitirse desplazamientos mucho más breves y baratos. La desigualdad en la movilidad se suma a las otras brechas sociales de la capital.

Por si fuera poco, el clima social en estaciones y unidades influye en la decisión modal. Muchos usuarios reportan acoso y violencia de género en el transporte colectivo; las mujeres, en particular, deben extremar precauciones o usar espacios segregados (como los vagones exclusivos del Metro) para sentirse un poco más seguras. Los entornos físicos descuidados (iluminación deficiente, suciedad, falta de baños públicos, vendedores insistentes) generan estrés adicional. No es casualidad que ciertos grupos poblacionales, como las mujeres y las personas con discapacidad, se vean especialmente vulnerados por un transporte público deficiente. En suma, la precariedad del sistema no es solo técnica, sino humana: se refleja en el cansancio, la ansiedad y la frustración cotidiana de quienes lo usan.

Hacia una movilidad digna y eficiente

A pesar del panorama desalentador, los expertos coinciden en que hay salida si se toman decisiones acertadas. “Existen grandes desigualdades en tiempos y costos de traslado, y la solución está en invertir en las áreas que más lo requieren”, propone Angélica Lozano, investigadora del Instituto de Ingeniería de la UNAM. Apostar por sistemas de transporte multimodales y masivos (como metros, trenes suburbanos, tranvías y corredores BRT) es clave para construir una red eficiente que funcione como columna vertebral de la movilidad en la Zona Metropolitana. Esto permitiría reducir drásticamente los tiempos y costos de los recorridos, al ofrecer alternativas confiables y rápidas aun a quienes viven lejos. Asimismo, mejorar la frecuencia y cobertura del transporte público, integrando las periferias con el centro mediante rutas alimentadoras bien planeadas, podría aliviar la dependencia de colectivos informales.

El aumento de motocicletas y autos particulares en la CDMX es síntoma de la crisis del transporte. Especialistas advierten que, de no mejorar la red pública, seguirá la migración hacia modos privados, agravando la congestión y los accidentes.
Otro punto central es recuperar la confiabilidad y seguridad del sistema. Esto implica desde mantener en buen estado la infraestructura (evitando cierres por accidentes como el colapso de la Línea 12 en 2021) hasta garantizar la seguridad de los pasajeros frente al delito. Políticas públicas recientes, como la nueva Ley de Movilidad de la CDMX, plantean la visión de una ciudad donde las personas (y no los coches) sean la prioridad. Esto conlleva desarrollar una red integral, sustentable y segura: más y mejores unidades de transporte, profesionalización de los operadores, tecnología para informar al usuario en tiempo real, espacios públicos orientados al peatón y al ciclista, y una gestión metropolitana que coordine esfuerzos entre alcaldías y municipios conurbados. También requiere combatir la impunidad vial y regular efectivamente a los concesionarios para frenar abusos (como rutas inseguras o sobrecarga de unidades).

En última instancia, devolverle el tiempo a la gente es una cuestión de equidad y calidad de vida. Horas que hoy se malgastan en filas interminables o en avanzar a vuelta de rueda, podrían dedicarse al trabajo productivo, al estudio, a la familia o al descanso. Por eso se dice que cada minuto cuenta: porque en la movilidad urbana, el tiempo es dinero –dinero social, tiempo de vida. Un transporte público eficiente no solo mueve personas, sino que devuelve horas a la sociedad. En la Ciudad de México, lograrlo pasa por rescatar y dignificar el sistema colectivo. Si no se actúa, millones seguirán pagando con su tiempo (y su bolsillo) las fallas de un modelo agotado. En cambio, si se invierte con visión de futuro, la recompensa será una urbe más competitiva, más humana y con movilidad verdaderamente incluyente, donde el tránsito diario deje de ser sinónimo de pérdida y se convierta en oportunidad de ganar calidad de vida

Antes de que se mal entienda esto… Habrá quien no soporta ni un minuto de aglomeraciones, habrá quien justifique el uso indiscriminado de su auto por exageraciones en su percepción sobre el transporte, que, cabe decir, es relativamente “mejor” que en el interior de la república, o quienes genuinamente asocien al transporte público con la pobreza o algún otro estigma, no es a ese tipo de personas a quien quiero darles argumentos para reforzar sus sesgos. Apuntar y señalar que nuestro sistema de transporte público podría ser mejor no es sinónimo de promover el uso del auto, para nada.

Hablemos del servicio del metro…

Cuando unos colegas ingenieros que radican en Los Ángeles vinieron por primera vez a México (Y Latinoamérica en general) estaban sorprendidos de la extensión del metro. Lo resumieron así: “It’s old, but it still works fine. It doesn’t feel unsafe” Puede ser… Puede ser…

Fallas Técnicas y Retrasos en el Metro de la Ciudad de México (2023–2026)

El Sistema de Transporte Colectivo (STC) Metro de la Ciudad de México ha experimentado en los años recientes (2023–2026) un número significativo de fallas técnicas e interrupciones del servicio imputables a problemas internos de operación, mantenimiento, infraestructura o trenes. Estos incidentes, que van desde averías en equipos y sistemas de control hasta desperfectos en vía o material rodante, han ocasionado retrasos frecuentes e incluso la suspensión temporal del servicio, afectando a millones de usuarios. A diferencia de las incidencias provocadas por factores externos (por ejemplo, situaciones fortuitas como personas en vías, condiciones climáticas extremas o vandalismo de terceros), las fallas aquí analizadas son atribuibles al propio sistema del Metro, reflejando deficiencias técnicas y operativas internas. Me he detenido a analizar, la cantidad, frecuencia y causas de estos retrasos internos en el periodo 2023–2026, identificando las líneas más afectadas y los tipos de averías comunes.

Fuentes de Información y Alcance

Para asegurar solidez técnica y veracidad, se ha recopilado información principalmente de fuentes oficiales. Entre ellas destacan datos proporcionados por el propio STC Metro (ya sea a través de reportes oficiales o respuestas a solicitudes de transparencia), informes de la Auditoría Superior de la Federación (ASF) sobre el estado del Metro, así como estadísticas de organismos públicos como el INEGI en materia de movilidad. Adicionalmente, se han consultado investigaciones de entidades como el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) y análisis de expertos en transporte urbano. Se incluyen referencias de medios de comunicación únicamente cuando éstas respaldan datos originados en fuentes oficiales o aportan contexto basado en dichas fuentes.

Es importante enfatizar que el enfoque se limita a fallas técnicas imputables al Metro. Por lo tanto, no se consideran incidentes causados por factores externos, por ejemplo, interrupciones por personas en vías, objetos arrojados deliberadamente a las vías por terceros, inundaciones por lluvias atípicas u otros eventos ajenos a la operación interna, excepto cuando sea necesario mencionarlos para distinguirlos de las fallas propias del sistema. Con este criterio, el análisis se centra exclusivamente en problemas de operación, mantenimiento e infraestructura bajo control del STC, durante el periodo de enero de 2023 a inicios de 2026 en la Ciudad de México.

Frecuencia de Fallas Técnicas (2023–2026)

Los datos oficiales muestran que las fallas técnicas y retrasos internos en el Metro ocurren con alta frecuencia, aunque ha habido variaciones anuales. Tan solo en 2024, el Metro de la CDMX registró en promedio 30 fallas técnicas por día en toda la red. Esto se traduce en miles de incidencias al año; de hecho, información obtenida vía transparencia indica que durante 2024 se contabilizaron del orden de 10 mil averías en la operación (cifra ligeramente menor a la de 2023, como se explica más adelante). Cada una de estas fallas causan demoras significativas en el servicio e, incluso, derivar en la interrupción total de la operación en uno o más tramos de línea cuando la avería es grave.

En cuanto a la tendencia interanual, la cifra de eventos relevantes ha mostrado altibajos, aunque partiendo de un nivel ya elevado. De acuerdo con registros internos del STC Metro, en 2022 ocurrieron aproximadamente 661 fallas técnicas que ameritaron suspensión de servicio y desalojo de pasajeros; en 2023 esa cifra aumentó a alrededor de 800 fallas, y en 2024 subió nuevamente a 872 fallas en toda la red. Es decir, 2024 registró 72 eventos más que el año anterior y 211 más que en 2022. Estos números reflejan únicamente las fallas de mayor impacto (aquellas que obligaron a detener trenes y evacuar usuarios), pero ilustran la magnitud del problema de confiabilidad: en promedio, en 2024 hubo más de dos interrupciones serias por día en alguna parte del Metro debido a problemas internos.

No obstante, si se incluyen también las incidencias menores (que causan retrasos, pero no necesariamente suspensiones completas), algunas fuentes oficiales sugieren una ligera mejora reciente. El STC reportó una disminución aproximada del 22% en el número de fallas mensuales promedio de 2023 a 2024, pasando de alrededor de 900 fallas mensuales en 2023 a 700 mensuales en 2024. Esta reducción, que equivale a pasar de unas 12 mil fallas anuales a unas 8,400 anuales, aproximadamente, indicaría una mejora relativa en 2024 frente a la situación crítica de 2023. Sin embargo, cabe señalar que 2023 estuvo marcado por varios incidentes destacados a inicios de año (como se discutirá más adelante), y que la mejora de 2024 coincidió con la modernización parcial de la Línea 1 (que permaneció parcialmente cerrada por rehabilitación durante buena parte de 2023 y 2024). En cualquier caso, aun con esa reducción porcentual, el volumen absoluto de fallas siguió siendo muy alto en 2024, con decenas de eventos diarios perturbando la operación regular del Metro.

Para el año 2025, al momento de realizar este informe no se disponen aún de cifras consolidadas de todo el año. No obstante, datos parciales sugieren que la frecuencia de fallas continuó elevada. Por ejemplo, de enero a octubre de 2025 el Metro expidió 1,960 constancias de retraso para usuarios afectados por demoras significativas atribuibles a fallas operativas. (Estas constancias se emiten a solicitud de pasajeros cuando un retraso considerable ocurre por causas del Metro, a fin de que puedan justificar su demora en el trabajo o la escuela). El hecho de que casi dos mil usuarios solicitaran tales constancias en poco más de nueve meses da cuenta de cuán comunes fueron los retrasos severos en 2025. Adicionalmente, La Jornada documentó que en sólo 7 meses (mayo a noviembre de 2025) se registraron al menos 104 fallas con retrasos en ocho de las principales líneas del Metro. Esto incluyó incidentes en las Líneas A, B, 1, 2, 3, 9 y 12 tras la toma de posesión del nuevo director del STC en mayo de 2025. En síntesis, aunque pueda haber habido ligeras mejoras en ciertos indicadores, el periodo 2023–2025 se caracterizó por una persistencia de fallas técnicas frecuentes en la red del Metro capitalino, manteniendo en jaque la regularidad del servicio.

Principales Causas de Retrasos y Averías

Del análisis técnico de las fallas registradas surge que los sistemas y componentes más propensos a averías han sido aquellos vinculados con el control de trenes, la energía y los equipos mecánicos de los convoyes. En particular, dos subsistemas destacan como las mayores fuentes de problemas: el pilotaje automático (control de conducción de los trenes) y el sistema de puertas de los vagones. Juntos, estos dos rubros representaron aproximadamente 66% de todas las averías internas reportadas en 2024.

Según datos oficiales obtenidos vía transparencia para 2024, el Sistema de Pilotaje Automático acumuló 1,282 fallas entre el 1 de enero y el 13 de agosto de ese año, mientras que el Sistema de Puertas registró 1,279 fallas en el mismo periodo. Estas fueron las dos categorías más numerosas de averías. Las fallas de pilotaje se refieren a problemas en los equipos de control automático de velocidad y señalización a bordo, los cuales pueden obligar a operar los trenes en modo manual o incluso detenerlos si el sistema detecta irregularidades. Por su parte, las fallas de puertas incluyen desperfectos en el mecanismo de apertura/cierre o situaciones de obstrucción de puertas (por objetos o por personas que impiden el cierre), lo que impide mover el tren hasta resolver el problema.

Otras causas técnicas relevantes identificadas en los informes del STC incluyen: fallas en sistemas de tracción y equipo mecánico de los trenes (por ejemplo, compresores de aire, motores de tracción, frenos), problemas en el suministro de energía eléctrica (variaciones de voltaje, cortocircuitos, bajas de corriente) y desperfectos en la señalización y comunicaciones en vía. En 2024, uno de los tipos de avería que más retrasos generaron fue la llamada “ocupación de CDV (Cambio De Vía)”, que en términos sencillos significa que el sistema de pilotaje automático detecta falsamente una ocupación en la vía (como si hubiera un tren adelante cuando no lo hay), obligando a detener o frenar los trenes por seguridad. De acuerdo con trabajadores del Metro, esto refleja problemas de señalización o comunicación entre los equipos de vía y los trenes, generando “fantasmas” en el sistema de control que detienen la marcha. Además de esta causa, fallas en la señalización convencional y perturbaciones en el suministro eléctrico (por ejemplo, picos de corriente o cortos) figuraron entre los principales motivos de retrasos durante 2024.

Otro factor técnico crítico han sido las fallas de energía de tracción. Una muestra de ello ocurrió el 6 de septiembre de 2024, cuando una interrupción en el suministro eléctrico afectó a la Línea A del Metro. La falla provocó la suspensión del servicio por hasta tres horas en tres estaciones de dicha línea, con los consecuentes desalojos de trenes y saturación de andenes.

En efecto, perturbaciones eléctricas (cortes o variaciones de energía) pueden desencadenar apagones en secciones de la red, inmovilizando trenes hasta que se restablece la corriente. Estas situaciones, aunque no siempre frecuentes, tienen un alto impacto cuando ocurren. Adicionalmente, incidentes relacionados con la infraestructura física del Metro han contribuido a los problemas: por ejemplo, se han reportado rupturas de catenaria (el cable aéreo que alimenta a los trenes en líneas como la A), caídas de postes de soporte de la catenaria, e incluso inundaciones en tramos bajos que dañan equipos eléctricos. Si bien algunas de estas últimas (como inundaciones) pueden originarse por lluvias externas, su efecto se agrava por deficiencias en bombeo y sellado de las instalaciones, lo que las convierte en fallas mitigables por mejor mantenimiento.

En cuanto a las fallas en trenes, los datos del Metro indican que abarcan desde averías menores (luces de cabina, ventilación) hasta problemas mayores en sistemas de tracción o frenos. Dentro de este rubro, uno particularmente notorio es el fallo de mecanismos de puertas ya mencionado. Cabe subrayar que muchas obstrucciones de puertas ocurren por comportamiento de usuarios (pasajero que impide el cierre tratando de abordar), por lo que estrictamente podrían considerarse causa “externa”. Sin embargo, el propio STC las contabiliza como parte de las incidencias operativas, y un mejor diseño o políticas (por ejemplo, sensores más sensibles, campañas de cultura de usuario) podrían mitigarlas. De hecho, el STC señaló en una tarjeta informativa que no toda avería implica suspensión del servicio; en el caso de las puertas, muchas veces el tren puede seguir después de retirar el obstáculo o aislar el vagón averiado. Aún así, las frecuentes paradas prolongadas por puertas bloqueadas suman retrasos en cascada. En 2024 las Líneas 9 y 1 fueron las más afectadas por obstrucción de puertas, acumulando 310 y 201 casos respectivamente en sólo siete meses.

Por otro lado, las fallas del sistema de pilotaje automático estuvieron concentradas en las líneas con tecnología más antigua. Las líneas A (Pantitlán–La Paz) y B (Buenavista–Cd. Azteca), que utilizan el sistema SACEM de control automático, registraron el mayor número de fallas de pilotaje en 2024: 321 y 278 incidentes respectivamente de enero a agosto. En cambio, las Líneas 1 y 12 no reportaron ninguna falla de pilotaje en ese periodo, lo cual se atribuye a que son las líneas más modernizadas en términos de control: la Línea 12 desde su inauguración cuenta con un sistema CBTC (Control Basado en Comunicaciones) de última generación, y la Línea 1 estaba en proceso de migrar a un sistema CBTC nuevo durante su rehabilitación integral. Esto evidencia que la actualización tecnológica puede eliminar ciertos tipos de avería: el equipo de señalización moderno es más confiable que los sistemas legados (por ejemplo, PA-135 instalado en líneas 2 a 9 en los años 70–80, o SACEM en líneas A, B y 8 en los 90s). De hecho, el Metro confirmó que en 2024 las líneas A, B y 8 operaban con SACEM y las 2, 3, 4, 5, 6, 7 y 9 con pilotaje PA-135, tecnologías más antiguas propensas a errores, mientras que las líneas actualizadas a CBTC (1 y 12) estuvieron libres de ciertos fallos.

La problemática de fondo detrás de muchas de estas fallas es la insuficiencia de mantenimiento preventivo y la edad avanzada de los equipos. Durante años anteriores al periodo analizado, auditorías ya advertían rezagos significativos en la mantención del Metro. Por ejemplo, en 2021 sólo se cumplió con 56.65% del programa de mantenimiento de instalaciones fijas, cuando en 2019 se había alcanzado un 85.7% de cumplimiento. Áreas críticas como el mantenimiento electrónico tuvieron apenas 48.96% de lo programado cumplido en 2021. Estos déficits acumulados de mantenimiento explican en parte por qué surgen fallas en cascada: componentes que exceden su vida útil sin ser renovados tienden a averiarse con mayor frecuencia. Incluso tras esfuerzos recientes de renovación (como la modernización de Línea 1 y la compra de nuevos trenes para Línea 12), el grueso del material rodante e instalaciones del Metro supera ya las cuatro o cinco décadas de uso, demandando un mantenimiento “muy intenso” simplemente para conservar la operación, según expertos académicos. Cuando ese mantenimiento es subóptimo o reactivo en lugar de preventivo, las consecuencias se manifiestan en repetidas averías diarias.

Cortesía: El Gráfico

Las causas técnicas de los retrasos internos en el Metro CDMX 2023–2026 se concentran en: fallos de señalización y pilotaje automático por tecnología obsoleta, averías mecánicas en trenes (especialmente puertas y sistemas eléctricos), problemas en el suministro eléctrico de tracción, y deficiencias derivadas de mantenimiento postergado. Todos estos factores están interrelacionados y reflejan el desafío de operar uno de los metros más grandes del mundo con infraestructura envejecida y recursos de mantenimiento limitados.

Líneas Más Afectadas y Patrón de Incidentes

Aunque ningún rincón de la red del Metro ha estado exento de fallas, los datos oficiales permiten identificar ciertas líneas y puntos neurálgicos con mayor incidencia de problemas técnicos. En términos globales, las líneas de mayor antigüedad y uso suelen concentrar más averías, a menos que hayan sido objeto de modernización reciente.

Según cifras del STC que integran los eventos de retraso significativos ocurridos de 2022 a octubre de 2025, la Línea 3 (Indios Verdes – Universidad) es la que acumuló el mayor número de incidencias: 564 retrasos relevantes en ese periodo. Esto no sorprende, dado que la Línea 3 es una de las más antiguas (inaugurada en 1970), con alta afluencia diaria y que hasta la fecha no ha recibido una modernización integral de sus sistemas de control. La sigue de cerca la Línea 7 (El Rosario – Barranca del Muerto) con 368 incidencias, empatada en número con la Línea A (Pantitlán – La Paz) que también reportó 368 incidencias en el mismo lapso. La Línea 7, aunque inaugurada en 1984, tiene tramos largos y profundos que implican esfuerzos mayores para ventilación y sistemas eléctricos, pudiendo contribuir a sus fallos. Por su parte, la Línea A (de 1991) opera con trenes férreos y catenaria aérea, difiriendo del resto de la red, y ha sufrido problemas particulares como inundaciones en la terminal La Paz o rompimiento de catenarias, lo que explica su alto conteo de fallas.

En suma, las líneas más afectadas en 2023–2026 han sido aquellas con mayor carga de pasajeros y tecnología rezagada: Líneas 3, 7, A, B, 9, 2, 5 aparecen reiteradamente con altos números de averías. Las líneas 1 y 12, pese a su importancia, han logrado evitar ciertos tipos de fallas gracias a la modernización (aunque la 1 atravesó cierres prolongados para lograrlo). Las líneas intermedias (4, 6) presentan una mejor confiabilidad relativa por su menor uso y/o mejoras específicas. No obstante, prácticamente todas las líneas han sufrido interrupciones que han obligado a desalojar trenes en túneles o andenes en algún momento. Como ilustran crónicas de prensa, casi diariamente algún grupo de usuarios resulta afectado por una falla: ya sea quedando atrapados en un tren detenido en túnel, teniendo que caminar por vías oscuras con la única iluminación de celulares, o bien evacuados a media tormenta en un tramo elevado sin servicio. Este panorama generalizado de fallas difusas por la red contribuye a una percepción pública de que ningún corredor está totalmente libre de riesgo de retrasos.

Las consecuencias de esta situación se manifiestan en trenes detenidos y retrasos crónicos, lo cual a su vez repercute en la movilidad urbana de la metrópoli. Un Metro poco confiable genera efectos en cascada: los tiempos de traslado se vuelven impredecibles, los andenes se saturan con usuarios esperando más de lo habitual, y se produce hacinamiento dentro de los trenes que logran circular con normalidad. Durante 2024 fueron comunes las aglomeraciones en andenes y vagones debido a retrasos; por ejemplo, en la Línea 12 se reportaron andenes abarrotados y esperas prolongadas entre trenes en horas pico, y escenas similares ocurrieron en Líneas 7 y A cuando se suspendía el servicio y cientos de personas se acumulaban a la espera de solución. Estas condiciones reducen la comodidad y seguridad de los pasajeros, además de aumentar el estrés y el malestar social hacia el servicio público.

En total, entre 2022 y octubre de 2025, el propio STC reconoce al menos 2,682 retrasos relevantes en la red. Esto implica casi 1,000 eventos importantes al año en promedio, un nivel que claramente mina la confiabilidad percibida. Para un sistema con casi 5 millones de viajes diarios en días laborables, esta falta de fiabilidad incide en la planeación diaria de millones de ciudadanos, quienes deben considerar posibles demoras al calcular sus tiempos de traslado. En términos de ingeniería de operaciones, el Metro de CDMX ha estado operando con un nivel de Service Reliability bastante bajo, donde la variabilidad de tiempos de viaje es alta por factores no planificados (fallas), lo que reduce su índice de puntualidad global.

Un impacto socio-técnico crítico derivado de la falta de confianza en el transporte colectivo es la migración modal de pasajeros hacia opciones privadas. Muchos usuarios han comenzado a considerar alternativas como el uso de motocicletas o automóviles particulares para sus desplazamientos cotidianos, aun cuando eso signifique mayores costos o riesgos, con tal de evitar la incertidumbre del Metro. Este fenómeno se está reflejando en el crecimiento acelerado del parque vehicular en la ciudad. Por ejemplo, en la última década el número de motocicletas registradas en la CDMX aumentó en 684%, pasando de casi 91 mil en 2013 a más de 716 mil motos en 2023, según datos de INEGI. Tan solo de 2022 a 2023 se registró un salto de más del 13% en la cantidad de motocicletas circulando en México, superando 7.78 millones a nivel nacional (y rebasando los 8 millones proyectados para finales de 2025). Analistas de movilidad apuntan que una de las causas de esta explosión de motocicletas es precisamente la respuesta individual a las deficiencias del transporte público. En palabras de un estudio especializado: ante trayectos largos en la ciudad, congestión vehicular y un sistema de transporte que no garantiza llegar a tiempo, miles de capitalinos han encontrado en la motocicleta una alternativa rápida y accesible a sus necesidades de movilidad. Esta solución individual, sin embargo, tiene consecuencias negativas: “está vaciando los autobuses y debilitando el ya de por sí frágil sistema de transporte público” advierte el reporte. En otras palabras, la falta de confiabilidad del Metro (y transporte colectivo en general) alimenta un círculo vicioso: los usuarios que pueden se van a la moto o al auto, lo que implica más vehículos en las calles, más congestión y contaminación, y un menor respaldo ciudadano para invertir en la mejora del transporte público.

De hecho, el auge de las motos en ciudades mexicanas se correlaciona con economías emergentes y ausencia de alternativas confiables de transporte masivo.

El panorama descrito no corresponde a una anomalía aislada, sino a una condición estructural del sistema de movilidad urbana. Se observa un nivel de congestión severo que implica pérdidas generalizadas de tiempo para todos los usuarios del sistema, no únicamente para quienes utilizan el transporte individual motorizado, sino también (y de forma más crítica) para quienes dependen del transporte público colectivo. Paralelamente, el sistema de transporte masivo opera bajo condiciones de saturación que comprometen la calidad del servicio: hacinamiento, incomodidad, tiempos de espera elevados y una cobertura claramente insuficiente frente a los patrones actuales de demanda. A esto se suma el crecimiento sostenido del parque vehicular (automóviles y motocicletas) que intensifica la presión sobre la infraestructura vial, reduce el espacio disponible para peatones y otros modos, y genera una demanda constante de estacionamiento en el espacio público. En conjunto, estos elementos configuran una ciudad que, en términos funcionales, no solo es ineficiente, sino que tiende a expulsar personas, oportunidades y calidad de vida.

Bajo este contexto, es necesario plantear una serie de reflexiones que rompan con las explicaciones simplistas y con la normalización del problema.

 

En primer lugar, resulta indispensable dejar de analizar la congestión desde una perspectiva reduccionista. No, la congestión no es un problema de semáforos. Es un fenómeno sistémico, resultado de múltiples fricciones operativas distribuidas a lo largo de la red: desde el vehículo que se estaciona “solo un momento” y reduce capacidad efectiva, hasta las maniobras de cambio de carril para “ahorrar” segundos, pasando por el deterioro del pavimento, la ausencia o deficiencia de señalización horizontal y vertical, las distracciones al volante y la presencia constante de obstáculos en vía pública. Cada uno de estos elementos introduce pérdidas marginales que, acumuladas, degradan significativamente el desempeño de la red.

Sin embargo, el problema de fondo es aún más profundo. Desde una perspectiva de ingeniería de transporte, la red vial presenta una baja redundancia y una conectividad limitada: es, en esencia, un sistema con pocos caminos y alta dependencia de corredores específicos. No existe una malla robusta, sino un entramado fragmentado y discontinuo. Basta observar los accesos desde el norte del Valle de México, donde los flujos se concentran en un número muy reducido de vialidades estructurantes. En el caso del transporte público, la situación es todavía más restrictiva: líneas como la B y la 3 del Metro concentran millones de viajes provenientes de municipios como Ecatepec, Coacalco y Tultitlán, sin que existan alternativas directas, de alta capacidad y competitivas hacia destinos estratégicos como Chapultepec o Reforma. ¿Por qué se ha normalizado que, aun existiendo una demanda clara y sostenida, no existan servicios directos que la atiendan? La respuesta no es técnica, es institucional: una red fragmentada por límites político-administrativos, con baja coordinación metropolitana y marcada por la indiferencia de quienes tienen la capacidad de transformarla.

En segundo lugar, es fundamental cuestionar la narrativa conformista que reduce toda esta problemática a un “es México, ¿qué esperabas?”. Esa frase no explica nada; al contrario, cancela la discusión. Es una renuncia anticipada a cualquier intento de mejora. Desde un punto de vista técnico, no existe ninguna razón estructural que obligue a que un sistema de transporte público opere de forma crónicamente saturada, incómoda e insuficiente. Yo me niego a creer que esto tiene que ser así. Me niego a aceptar que la ciudad deba ser inherentemente caótica, ruidosa, ineficiente y hostil para quienes la habitan. Pensar que “así es porque es México” no solo es incorrecto, es peligroso: instala una zona de complacencia que impide cuestionar, planear e imaginar un sistema distinto.

Cortesía: Expansión

Finalmente, es imprescindible incorporar el principio de corresponsabilidad en el uso del sistema de movilidad. El espacio vial es un recurso limitado, y su uso eficiente depende tanto de la política pública como del comportamiento individual. Y aquí aplica con toda claridad: si tienes para el whisky, tienes para los hielos. Si existe capacidad económica para adquirir y utilizar un automóvil, también debe existir para asumir los costos completos asociados a su uso: pagar estacionamiento en zonas reguladas, evitar la apropiación indebida del espacio público, registrar el vehículo donde se reside, cumplir con las obligaciones fiscales y contar con seguro. No hacerlo no es una omisión menor, es transferir costos al resto de la sociedad. ¡Deja de ser tan fucking egoísta! Y de paso, tome clases de manejo primero y de regulación emocional. La consideración, la cortesía, la consciencia situacional son imperativos.

Asimismo, es necesario desmontar la idea de que el transporte público es un servicio para “unos cuantos”. No lo es. Aproximadamente entre el 70% y el 75% de los viajes en la Zona Metropolitana se realizan en transporte público. Es decir, la gran mayoría de la población depende de un sistema que sistemáticamente absorbe las externalidades generadas por decisiones que favorecen a una minoría motorizada. Bajo esta lógica, el automóvil no puede seguir considerándose el usuario prioritario de la infraestructura.

Y es importante decirlo con claridad: ningún automóvil tiene un derecho sagrado a circular ni a ocupar el espacio público. La ciudad es de las personas. Esto implica reconocer que los peatones no tienen la obligación de asumir sobrecostos de desplazamiento mediante infraestructura mal diseñada, como puentes peatonales que aumentan tiempos y esfuerzo, ni los ciclistas tienen por qué aceptar rutas indirectas o inseguras para poder desplazarse. La jerarquía de movilidad debe responder a criterios de eficiencia, equidad y racionalidad, no a inercias históricas.

Esto no es normal. No tiene que ser así. Y, sobre todo, no debería seguir siéndolo

Comentarios