Cuando empiezo a escribir sobre mi relación con Colombia, lo primero que vuelve a mí es una descarga de adrenalina: una emoción difícil de explicar, como si el cuerpo recordara antes que la memoria.
Mi primer viaje a ese país sudamericano comenzó, desde las primeras horas del día, con una sobrecarga emocional. Me levanté sabiendo que esa noche dormiría en otro país, en un lugar que aún no sabía imaginar del todo. Mi conocimiento de Colombia se reducía entonces a algunas fotografías vistas en internet, a ciertos datos sobre TransMilenio, a la fama de su café y al marcado acento rolo de los alumnos de intercambio que había conocido en mi universidad.
Cuando en el aeropuerto emitieron mi boleto, entendí que estaba por aventurarme a algo profundamente distinto a todo lo que conocía. Me emocionaba incluso el viaje en sí, el simple hecho de subir a un avión y dejar atrás mi ciudad por unas horas. Al aterrizar, no oculté mi emoción: estaba sonriente, expectante, despierto por dentro. Aquella madrugada olía el rocío de Bogotá mientras, en la radio del taxi, sonaba un vallenato. Las calles dormían todavía, apenas sostenidas por unas cuantas luces cansadas, y una avenida enorme, recta, “súper ancha”, me conducía hacia el hotel como si la ciudad me estuviera abriendo paso en silencio.
Cansado por un vuelo de poco más de cuatro horas, observé por la ventana el cielo nocturno. De inmediato apareció ante mí el color ladrillo, las avenidas amplias, las motocicletas, los taxis amarillos y esa sensación de una ciudad que duerme temprano porque debe levantarse antes del amanecer a camellar. Siempre he disfrutado localizarme mentalmente en el sitio exacto que ocupo sobre la tierra. Esa noche, mientras avanzaba por Bogotá, sentí que la aventura apenas comenzaba y que aquel país hospitalario tenía mucho más que ofrecerme de lo que yo era capaz de anticipar.
La primera mañana lejos de casa me recibió con el sonido de aviones rozando los techos: aeronaves de todos los tamaños, muchas de ellas vestidas de rojo, pertenecientes a la centenaria aerolínea del continente. En el desayuno había fruta, mucha fruta fresca, servida casi como una declaración de orgullo. Comprendí que, en Colombia, ofrecer fruta a un visitante también podía ser una forma de bienvenida. Mi recompensa al día siguiente fueron unos radiantes girasoles y un suéter Ágibo, pequeños símbolos de una felicidad que no necesitaba explicarse demasiado.
Qué sensaciones tan hermosas seguí experimentando a lo largo de ese día. Buenas conversaciones sobre mis intereses, muchas preguntas sobre TransMilenio, otras tantas sobre la planificación de la ciudad, recomendaciones espontáneas, el tacto de un abrazo sincero por el reencuentro, horas de diversión jugando bolirana, caricias, complicidades y amistades que con el tiempo se volverían entrañables. Entendí que un lugar encantador no siempre está lejos: a veces lo verdaderamente importante es a quiénes conoces en el camino.
Fueron días en los que todo parecía una aventura dispuesta a ser descubierta: un lienzo abierto, un postre servido para uno solo, una ciudad que se dejaba leer poco a poco. Esas sensaciones en las que los olores transportan, las anécdotas se quedan, los sabores nuevos ensanchan la memoria y los contrastes te obligan a mirar con otros ojos.
Desde entonces, todo ha sido, de alguna manera, complicidad. Hice un buen amigo y lo resguardo como un tesoro. Conocí personas entrañables que me encantaría que compartieran mi realidad cotidiana, porque sé que la harían más amable. Descubrí también un mundo lleno de retos, un país donde incluso un invitado como yo puede aprender, agradecer y quizá aportar algo.
Que estas palabras sean un homenaje a todo lo que humildemente he recibido de Colombia. Que sean, también, un agradecimiento sincero por su hospitalidad, por las emociones hermosas que me ha provocado y por esa sensación irrepetible de sentirme vivo en una tierra que, sin pedirme nada, me abrió la puerta y jamás quise cerrarla.
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